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  • José Arroyo

Momentos de Pandemia


Habiendo reencarnado en los años 70’ del pasado siglo 20, recuerdo claramente algunas de las amenazas y los miedos generalizados o colectivos. Presencié el murmullo, siempre presente, de la amenaza nuclear. Ese que habían vivido mis padres. También, hablando con mi abuela y hasta algunas veces con mi bisabuelo, sus miedos colectivos, giraban en torno a la enfermedad y el hambre. Claro, en el caso de ellos esto era producto de sus vivencias y su tiempo.

Recordando los años 80 y 90s, tengo muy claro los rumores de guerra con Rusia, la amenaza de una 3era Guerra Mundial, las predicciones de Nostradamus y el “fin de los tiempos” pregonado por cuanto pastor, ministro y cura había frente a un micrófono. No podían faltar las “predicciones marianas” o los testigos de Jehová diciéndonos, aunque ya cambiaron el discurso, que en cualquier momento se encendía el Armagedón y que el fin era inminente. Ah, y cómo olvidar la catástrofe financiera y electrónica que vendría con el Y2K, el “fin del milenio”, el Hercólubus y las profecías mayas. Quienes lean esto y no sepan a qué me refiero, por favor hagan una búsqueda y ríanse un rato.

¡Qué mucha tontería nos sacude! Realmente el miedo moldea los caracteres, hace manipulables a las personas y nos lleva a olvidarnos de nuestra grandeza espiritual, dándole paso a reacciones talámicas, básicas y elementales de pura supervivencia biológica. ¡Qué mucho nos falta, colectivamente, por aprender a superar esa herencia! ¿Pero saben qué? Como espiritista, siempre tengo esperanza.

Hoy, mientras estamos reaccionando a un virus, a un “algo”, que no es ni un ser vivo ni una cosa inanimada, porque cae en esa categoría biológica de ser los dos a la vez, hay mucho que pensar. El miedo continúa encontrando eco porque, claro está, el progreso es lento, aunque firme. Ya no nos estamos paralizando y quedando de brazos cruzados mirando el cielo a ver qué viene o qué pasa. Desde los hospitales, las clínicas y los diferentes centros de salud han salido instrucciones específicas sobre lo que se debe y no se debe hacer. Sobre lo que nos ayudará, como colectivo, a superar esta crisis. No fue de las sinagogas, de los templos, de las mezquitas, de las iglesias, de los bosques ni de las cuevas, fue de los “templos” del saber, del investigar y del servir. Hoy vamos cobrando conciencia de muchas cosas, que generaría una lista interminable, pero entre ellas está la importancia de las mujeres y hombres que se dedican a la salud.

Todos los demás, que tenemos importancia también en nuestras sociedades y familias, hoy miramos atentamente lo que estas personas conocedoras, ilustradas y atentas tienen que decir. Sin embargo, mientras la crisis se atiende de manera salubrista, ¿Qué está pasando con nuestra calidad de vida síquica, emocional, espiritual? ¿Si no todos compartimos la esperanza de saber que somos inmortales y que lo que se enferma, padece o perece es apenas nuestra envoltura, qué podemos compartir los que sí lo sabemos? ¿Acaso no será esta otra responsabilidad social que no hemos internalizado? Me refiero a la responsabilidad de ser fuentes de calma, serenos ante la tempestad, firmes en la sacudida y ejemplos en la adversidad.

Es triste que algunos espíritas, debido a que no han decidido desembarazarse de los atavismos judeocristianos, vean estos momentos de crisis como si la espiritualidad estuviese dándonos lo que nos merecemos. Como si los individuos afectados directamente, considerando que todos nos afectamos de una manera o de otra, fuesen los responsables de su calamidad. Eso es una visión cruel, insensible y poco empática, que se sostiene sobre una perspectiva de que sufriendo y padeciendo es que espiritualmente se alcanza algún mérito. Es la vieja retórica de lo que llamo la tetra combinación del terror: pecado-culpa-castigo-salvación. Un día se darán cuenta de cuán equivocados estaban, esa es una de mis esperanzas.

Entonces, ¿qué está pasando? Ya que otros nos han solicitado una opinión espírita, libre de esos atavismos de las religiones y creencias ultrapasadas ¿qué podemos decir? ¿Cómo podemos proveer algunas palabras que ayuden a comprender y entender este y otros momentos por venir?

Bueno, comenzaré con un segmento de una interesante y oportuna cita de Kardec, en el libro La Génesis: “…Las renovaciones rápidas, casi instantáneas, que se producen en el elemento espiritual de la población a consecuencia de los flagelos destructores, aceleran el progreso social; si no fuera por las emigraciones e inmigraciones que de tiempo en tiempo vienen a darle un impulso violento, ese progreso sólo se realizaría con extrema lentitud. Es de notar que las grandes calamidades que diezman a las poblaciones están seguidas invariablemente por una era de progreso en el orden físico, intelectual o moral y, por consiguiente, en el estado social de las naciones en las que estas se verifican. Eso se debe a que tienen por finalidad producir una transformación en la población espiritual, que es la población normal y activa del globo. …”

Kardec claramente se enfoca en el resultado de los eventos donde grandes parcelas de individuos desencarnan. Entre dichos resultados se encuentran, indubitablemente, una serie de efectos que nos llevan a progresar. Las personas más conscientes de esto rápidamente identificarán algunos factores de progreso que se derivan de este tipo de experiencias: visibilidad de los afectados, denuncias de manejos inadecuados o insuficientes, exigencias de mejores prestaciones y servicios, investigación en torno a prevención y cura, aumentar el afecto y la atención por los vulnerables y muchísimos más. Hay progreso en todos los órdenes, solo nos toca identificarlo y reconocerlo.

Este tipo de eventos, el de medidas restrictivas y reaccionarias a una situación pandémica, se dan como el punto de exceso al que hemos llegado, como humanidad, donde se sacuden nuestras economías, organizaciones y estándares para que reevaluemos la convivencia, el respeto a los recursos y nos reenfoquemos en lo que es importante, amar y ser amados en todas sus manifestaciones.

La pandemia del coronavirus es otro evento, de muchos, que han sucedido y de los que ocurrirán, hasta tanto tomemos otros rumbos colectivos. Todo se trata de aprendizaje, no de perpetuar la visión punitiva, flagelante y castrante que hemos heredado de la tradición judeocristiana.

Es hora de que, como espíritas, continuemos mirando la vida como lo que es: un continuo que se desdobla entre dos realidades, la física y la extrafísica. De esta manera podemos apreciar cada situación, cada reto, cada piedra en el camino como que nos ayudan a desarrollar las habilidades necesarias para servir más eficientemente a una humanidad que nos necesita. Si vemos la vida como un continuo, no nos paralizamos en el momento, en el inmediatismo, sin considerar las consecuencias o repercusiones de nuestras acciones e inacciones.

Neutralicemos la ignorancia y el miedo con la información y la formación. Démosle un propósito noble a nuestros días, aunque estemos entre cuatro paredes. En realidad, no hay tiempo perdido, porque hasta quien no hace algo lo está consumiendo en su inercia. Seamos parte del engranaje en el motor de una nueva conciencia. Seamos parte de los que aceptamos que hay momentos de dolor, de tristeza, de angustias, pero que no tienen que paralizarnos, porque a diferencia de esos flagelos pasajeros nosotros somos infinitos, sempiternos, inmortales, permanentes.

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